¡EL CRIMEN ESTÁ DE FIESTA; AMLO DINAMITA LA POLICÍA!

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Sin duda que en estos momentos hay fiesta entre las bandas criminales de todo el país.

¿La razón?

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Que el propio presidente Obrador dinamita a la institución emblema de la lucha contra el crimen; la Policía Federal, ese cuerpo de élite que debía ser fortalecido para que marinos y militares regresen a sus cuarteles.

Hay fiesta entre las bandas criminales, porque sin la Policía Federal –a la que el presidente destruye–, y sin los marinos y militares en las calles, todo México será territorio del crimen.

¿Por qué?

Porque la Guardia Nacional es el emblema de la improvisación y del “valemadrismo” a la mexicana; es un cuerpo policíaco que nació muerto, sin capacitación, sin presupuesto, sin facultades y sin herramientas para hacer frente a los poderosos grupos criminales.

Pero, sobre todo, porque es un cuerpo policíaco sin alma y cuestionado; sin mística y sin el respaldo de todo el peso del Estado.

¿Cuál será la mística de trabajo de un efectivo de la Guardia Nacional, que recibe un salario precario, que no tiene uniformes dignos –ni de su talla–, que carece de prestaciones, que no cuenta con un seguro de vida del tamaño del riesgo del trabajo; que no tiene ni la capacitación ni las armas para hacer frente al crimen y que, encima, tiene prohibido usar la fuerza letal cuando chocan con un grupo criminal?

¿Por qué daría la vida un efectivo de la Guardia Nacional, si en su momento López Obrador defendió a los criminales abatidos por los marinos, si Obrador nunca ha expresado un responso por un policía, por un militar o un marino caídos en el cumplimiento del deber?     

En realidad la Guardia Nacional no es más que una ocurrencia sin pies ni cabeza; un híbrido que reúne a policías, militares y marinos, que debió tener un mando civil pero que, en los hechos, es manejado por militares que harán labores de policía y que no servirá para contener a las poderosas bandas del crimen organizado, sino para perseguir a ciudadanos infractores.

Lo cierto es que la Guardia Nacional es una respuesta política a un grave problema de violencia y crimen; el problema del tráfico de drogas y de personas; el robo de combustible y muchos otros delitos que, por su alta rentabilidad, requieren como respuesta todo el peso del Estado.

¿Y cuál es el peso del Estado?

Nos referimos a la creación de modernas políticas públicas, elevados estándares de capacitación y especialización; uso de la tecnología más avanzada y, sobre todo, el recurso de la inteligencia de Estado para contar con información privilegiada de las bandas criminales, sus movimientos, manejos financieros y sus redes de complicidad.

Nada de eso es la Guardia Nacional y mucho de ello lo tiene la Policía Federal.

¿Por qué, entonces, destruir a la Policía Federal y construir, en su lugar, ese “Frankenstein” llamado Guardia Nacional? ¿Por qué no recurrir al sentido común de fortalecer lo existente; de limpiar la corrupción en donde se localice y fortalecer las instituciones que han demostrado que funcionan?

En el fondo, el mensaje que manda López Obrador a las poderosas bandas criminales es, de nueva cuenta, el mensaje de impunidad y de que no serán perseguidos los criminales; que serán tratados con pétalos de rosa y que será letra muerta el cacareado Estado de derecho.

En los hechos, al destruir la Policía Federal y concentrar en la debilitada Guardia Nacional las funciones que desempeñaban policías, militares y marinos, el presidente mexicano hace realidad el perdón a criminales; cumple con la amnistía a las mafias organizadas y, sobre todo, avanza en los abrazos, antes que los balazos.

Y, si dudan, basta recordar la instrucción a marinos y militares de no usar fuerza letal contra los grupos criminales. ¿Qué pasó luego de ese mensaje? Que “los malandros” cachetearon y patearon a los uniformados, les quitaron las armas y los hicieron rehenes. ¿Eso es lo que quieren?

Ese será el papel de la Guardia Nacional; el de una caricatura institucional para el capricho presidencial. Contra eso va la protesta.

Al tiempo.