EL GRITO DESESPERADO DE LAS MUJERES

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“No me cuidan, me violan, yo sí te creo, mi cuerpo es mío yo decido, ni una mexicana más”. Son algunas de las consignas que, el 16 de agosto pasado, se dejaron escuchar en esa voz femenina conformada por cientos de mujeres que salieron a la calles a demandar con gran fuerza; frenar la violencia de género.

Sin embargo, esta voz se vio apagada por las imágenes que mostraban a un grupo de mujeres efectuando destrozos en mobiliario e instalaciones de la Ciudad de México, además de agresiones a los reporteros que se encontraban cubriendo el evento.

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Estos actos de violencia extrema se convirtieron en el tema principal de las discusiones entre los diversos medios de comunicación y entre la sociedad en general, pasando a segundo plano la demanda por la que se marchaba; alto a la violencia de género.

Una mujer víctima de violencia va a presentar diferentes afectaciones psicológicas dependiendo de su fortaleza psíquica y de la contención que tenga por parte de su medio ambiente.

Ejemplo de estas afectaciones será el desarrollo de un trauma que puede manifestarse como el miedo a salir sola a la calle, el desarrollo de enfermedades psicosomáticas, depresión, anorexia —que se puede desarrollar como un ataque al cuerpo que se considera sucio—-, y un tipo de violencia que busca acabar con su agresor en la figura del que se le ponga enfrente.

Dicha violencia se vuelve una forma de comunicación, en donde la mujer violentada busca mediante la agresión hacia los otros y hacia sí misma, destruir el evento traumático que se aloja en la mente como un objeto maligno al que hay que exterminar.

Al actuar con tanta irritabilidad la mujer queda presa en un círculo de violencia, agresión y culpa que le deja más sufrimiento, y que para superar este círculo de dolor se requiere de atención psicológica especializada.

Igualmente, las madres, los hijos, hermanos que enfrentan la perdida de un familiar en donde en el mejor de los casos puedan encontrar el cuerpo sin haber sido mutilado, pueden llegar a desarrollar algún trastorno psicológico.

Sin embargo, la violencia que vimos en las manifestaciones de las mujeres en donde con tanta saña se destrozaba y se realizaban pintas está más en relación con lo que Le Bon clasificó como “masas para destruir”.

En esta aglomeración de personas sea cuales fueran los individuos que la componen, por similares o distintos que puedan ser en cuanto a su estilo de vida, ocupación, carácter, grado de inteligencia, el simple hecho de que se hayan transformado en masa los dota de una especie de alma colectiva.

Esta alma colectiva les hace sentir, pensar y actuar de un modo completamente distinto de como lo harían en lo individual y por separado.

La masa está dotada de un sentimiento de potencia invencible que le permite al sujeto ceder a instintos que, por sí solo, habría frenado forzosamente.

En un aglomerado de personas, todo sentimiento, todo acto es contagioso, hasta el punto en que el individuo pierde de vista muy fácilmente su objetivo personal —demandar alto a la violencia de género—, por el colectivo —-destruir—.

Infiltrados o no, la demanda central es y sigue siendo el alto a la violencia de género, y que el Estado desarrolle estrategias para hacer simple y dignas la forma de presentar denuncias por delitos sexuales.

Es necesario seguir gritando, y fuerte, en demanda de que el Estado se ponga a trabajar para brindar soluciones reales a un problema tan real como es la violencia de género y se de cuenta que al menos las mujeres no nos sentimos felices en este país, en donde se vive con miedo.