GOBIERNO CHIMOLTRUFIO

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Desconozco si el hecho de que la mayoría de los integrantes del gabinete presidencial (López Obrador primero) son personajes senescentes, es lo que los lleva a decir y hacer disparates enormes, consecuencia de lo que la llamada demencia senil provoca en individuos de provecta edad.

Lo anterior, dicho sea con todo respeto, para las personas de la tercera edad que son por lo general, gente prudente, sabia y llena de experiencia.

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Pero con los integrantes de la denominada cuarta transformación la cosa cambia: son como la Chimoltrufia, aquel personaje de Chespirito, encarnado por Florinda Meza, que se hizo famoso por la frase: como digo una cosa, digo otra.

Es penoso asumir que los mexicanos tenemos un presidente Chimoltrufio, un remedo de mandatario, un personaje ridículo, que en el mejor de los casos da risa (cuando no pena) y que se caracteriza por sus constantes contradicciones y dislates, que serían propios de un programa cómico, que indudablemente haría las delicias del país, si no tuviera en sus manos una misión tan trascendental, como el destino de la patria.

Tener pues un presidente Chimoltrufio, hace extensiva esta condición a todos sus adláteres e integrantes de su gobierno. Se cumple en estos casos, la ley de la manada, que señala que los animales se juntan con seres de su misma especie. De tal suerte, basta ver que clase de gente es López Obrador, para suponer de que clase de individuos se puede rodear.

Tenemos un presidente cobarde, inepto, limitado, ignorante y lleno de complejos, pero todo lo anterior palidece, cuando lo comparamos con un par de cualidades que el hombre de la Chontalpa posee en grado sumo: es mentiroso y cínico.

En semejante orden de ideas, podemos discurrir, de acuerdo al refrán que prescribe: a tal amo, tal criado, que semejantes condiciones son también propias de los miembros de su gabinete, cosa que puede apreciarse a cabalidad en Olga Sánchez Cordero, secretaria de gobernación.

Porque la licenciada Sánchez Cordero, como dice una cosa, dice otra y eso ha quedado manifiesto en los casos de su doble jubilación y de su lujosa casa en Miami, que desmienten el discurso de sencillez y frugalidad predicado por el propio López Obrador.

Pero esta vez, la secretaria de gobernación, fue mucho más lejos, al cantinflear lo referente a la ley Bonilla, tratando infructuosamente de justificar lo injustificable, por ser concerniente a un tema de evidente abuso de poder, que pone en riesgo la continuidad de nuestra estabilidad democrática.

Cuando una persona se ve afectada por la demencia senil, sus familiares tienen dos alternativas: una, es hacer acopio de grandes dosis de amor y de paciencia al atenderla y otra, admitir que se trata de una persona incontrolable, que deberá ser atendida por especialistas, para evitar que se lastime o afecte a otros.

Tal es el caso de Olga Sánchez Cordero, una persona, a quien queremos creer afectada de demencia senil, situación que la lleva a proferir disparates semejantes, como los que justifican la ley Bonilla, puerta de entrada a la reelección y a una eventual dictadura, para no suponerla una perversa encargada de violentar y destruir el estado de derecho.

A los mexicanos con la espontánea confesión de Olga Sánchez Cordero, no nos queda sino recomendarle que renuncie, exigir su inmediata destitución o hacer cuanto sea necesario por los medios legales o políticos, para relevarla de su encargo, por ser una amenaza para la estabilidad nacional.

Esperamos que López Obrador así lo entienda, porque no nos deja más alternativa que resistir y oponernos, al intento de golpe de estado planeado y ejecutado desde la cima del poder, lo que es absolutamente inaceptable.

Coincidimos con el presidente: Los mexicanos nunca permitiríamos un golpe de estado, sea quien sea, quien quiera darlo (el presidente o sus lacayos). Ojalá no se le antoje comprobarlo, porque a los locos cuando se ponen intratables, hay que reducirlos por la fuerza.

DIOS, PATRIA Y LIBERTAD