Ideas anémicas

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Si tu no has tenido la victoria cultural, la victoria política es efímera y vana
Carlos Castillo Peraza

Inicio con una aclaración. Nos conocimos hace más de cuatro décadas, siendo miembros del PRI. Los dos fuimos sus presidentes en Tabasco. Posteriormente nos confrontamos siendo yo funcionario del gobierno y López Obrador presidente del PRD. Llegamos a tener un debate público del que, según testigos, no salí mal librado. Contendimos por la gubernatura en 1994, formando un frente contra el candidato oficial. En varias ocasiones me invitó a sumarme a su causa. Le agradezco lo que de mí ha escrito y dicho y la calidez de su reciente saludo. Podría decir que, a pesar de conocernos, nos apreciamos. Precisamente por eso creo que la mejor forma de colaborar es siendo crítico.

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Como bien expresa Maquiavelo, los peores políticos son los serviles. Pretendo preservar el equilibrio, del que hablaba Tolstoi: “No se puede acabar con la violencia por medio de la violencia. Entrar en los rangos del gobierno es igualmente imposible, uno se vuelve un instrumento del gobierno. Solo queda una cosa: luchar contra el gobierno con las armas del pensamiento, de la palabra, de la forma de vivir”. Agradezco a mi amigo Marco Alcázar que me haya compartido esta reflexión.

Creo que ya se ha dicho casi todo sobre los 100 días de su gobierno. Sin embargo, tal vez por deformación personal, quisiera enfocarme en un tema específico: su discurso político, su narrativa como ahora suele decirse.

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Nadie puede negarle al presidente que comunica, conecta con su auditorio; cautiva y convence. Lo hace de manera improvisada, ausente de reflexiones, con escasas ideas y con lugares comunes.

Delicadas son las palabras presidenciales. Los presidentes del viejo PRI hablaban poco. Echeverría rompió la tradición. Como bien expresó Cosío Villegas, tenía una necesidad fisiológica de hablar. AMLO también la tiene. No se puede ser buen orador hablando todos los días y, en la mayoría de los casos, en varias ocasiones.

Sin discurso no hay líder. Refleja su cultura, su carácter, su condición humana. La historia lo confirma. El primer requisito para convencer es la autenticidad. Siempre me he preguntado si Andrés Manuel es auténtico, si es hombre de convicciones arraigadas. Está equivocado, según yo, en muchos temas, pero a veces lo siento genuinamente creyente de lo que dice. Además, está incurriendo en graves incongruencias que le restan credibilidad.

Como él, admiro a Benito Juárez, respetuoso de las leyes; a Francisco I. Madero, consumado demócrata y a Lázaro Cárdenas por su política social. En sus 100 días de gobierno, López Obrador ha violado las leyes, ha concentrado poder y sus programas para aliviar la pobreza tienen un marcado sello asistencialista y electorero. Presume haber disminuido la corrupción sin que tengamos evidencias palpables.

Estoy convencido que no es un ignorante, pero tampoco percibo a un hombre culto. Sus lecturas son escasas, más bien relacionadas con algunos personajes de nuestra historia. Sus libros no están respaldados por una sólida investigación, son más bien una autodefensa de su vida política. Sobreestima su elocuencia y subestima a la gente que le sigue creyendo.

Resumiendo, después de ser el político que más ha estado cerca del pueblo de México y el que más le ha hablado, sigue siendo un enigma cómo piensa y cómo va a actuar. No sabemos a qué atenernos. Como bien expresa Héctor Aguilar Camín, habla como si el país fuera una masa de plastilina. Su pensamiento es una mescolanza de todos colores y sabores. De lo que dice, la gente únicamente recuerda palabras sin mucha esencia.

A cien días de gobierno, me atrevería a sugerirle respeto a la investidura presidencial y seriedad en lo que dice.