La desnaturalización del plebiscito

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Con el desenlace acerca de la discusión sobre el nuevo aeropuerto, algunos de los que
apenas hace algunos meses nos fustigaban porque nos oponíamos a que López Obrador
fuera presidente de México, estarán, seguramente, reconsiderando sus opiniones. Ya
observo algunos periodistas y analistas que de amlovers han pasado –en solo unas
semanas– a enérgicos opositores del cacique.

Quienes le daban a López Obrador el beneficio de la duda, ahora se lo han retirado, y,
preocupados, observan al presidente electo, tomando, delirantes decisiones que son
francamente aberrantes, torpes.

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Aberrantes debido a que López obrador está decidiendo sobre asuntos que impactan
entre millones de mexicanos, y lo hace sin la información más elemental, y sin el menor
sustento técnico que las avale. Y no es solo en el asunto del aeropuerto, que de si es muy
grave pues implicará echar miles de millones de pesos al desagüe, los cuales se
solventaran –no hay de otra– con recursos fiscales, sino además, se retrasará por años,
una obra que ciertamente es una necesidad para la economía del país.

Dice AMLO que en su gobierno la economía del país crecerá, cuando menos, al cuatro por
ciento en 2019; pero al mismo tiempo alienta que se pierda confianza en el país y en su
economía, creando incertidumbre entre los inversionistas privados nacionales y
extranjeros. López Obrador supone –y lo ha reafirmado en varias ocaciones– que un
crecimiento de esa medida, se podría llevar a cabo básicamente con inversión pública;
pero esa creencia es una tontería tan grande que apenas es imaginable. El Estado,
ciertamente, debe invertir en infraestructura y en obras que alienten la economía, pero
también es indispensable la inversión privada. La tontería de que los recursos públicos son
suficientes para alcanzar crecimiento en la economía, es lo que ha hecho que en
Venezuela se viva una tragedia humanitaria.

Las decisiones son erróneas en razón de su contenido, pero son más peligrosas aun, por la
forma en que se están tomado. Y es que el presidente electo ha inaugurado –con la
consulta sobre el aeropuerto– el método para legitimar políticamente toda
determinación, aun sea la más equivocada. ¡Ese método es el plebiscitario!

Gobernar a través de plebiscitos o de consultas como lo hará inmediatamente tome
posesión del cargo, implica dejar de lado a las instituciones del Estado como INEGI o al
CONEVAL, al INE, al INEE(Instituto Nacional Evaluación Educativa) y a otros que son
órganos autónomos, precisamente, por el rol que representan para moderar y poner
límites a posibles ejercicios irresponsables del poder por parte del ejecutivo.

¿Organismos Autónomos constitucionales? Nada de eso, dice López Obrador, pues con el
método plebiscitario, estos órganos le estorban en su propósito de consolidar un poder
absoluto.

Los líderes que gobiernan plebiscitariamente tienden a convertirse en autócratas y en
caudillos autoritarios a quienes les estorban las leyes. Buscan que entre ellos y el pueblo no exista nada; ni liderazgos medios, ni partidos, ni sociedad civil, ni leyes. La relación que
pretenden es solo con la masa del pueblo, a la que acudirá de manera recurrente cuando
está en su interes político legitimar decisiones que previamente ha tomado. Este método
plebiscitario de gobernar se convertirá en la costumbre, para entonces reinterpretar el
concepto de soberanía, y de nueva cuenta hacer que esta recaiga en el personaje
mesiánico, en el caudillo autoritario.

Jesús Ortega Martínez.