Meade y los debates: rectificar es de sabios

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Bien hizo Pepe Meade en rectificar su desatino de rechazar los debates en medios si no participa AMLO. Ayer enmendó la plana y aclaró que no rehuirá ningún intercambio, porque tiene las mejores propuestas y sabe cómo defenderlas.

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Cancelar el debate con adversarios es otra de las influencias nocivas de AMLO en la política nacional, desde que en 2006 se negó a participar en uno de los del IFE por ir adelante en las encuestas, al igual que hoy se rehúsa a asistir a debates en medios.

El político que se niega a debatir olvida que en realidad está participando: una silla vacía durante una polémica habla de manera más negativa del ausente que todos los señalamientos que sus rivales le puedan hacer en su cara: una silla vacía es sinónimo de bajo nivel de instrucción.

Porque el candidato que más se beneficiaría de debatir con quien sea sería Meade. ¿No que él mismo se presenta como el más preparado de todos los que estarán en la boleta el 1 de julio? ¿No que mientras más conocido sea más votarán por él?

Además, debatir con cualquier contendiente es una muestra de generosidad política, un fair play que quizá no entiendan quienes viven de la política, por aquello de “no se puede dejar crecer a los enanos”, pero que sí aprecia la mayoría silenciosa que decidirá las próximas elecciones.

Una mayoría silenciosa que todavía no define su voto y que estaría satisfecha de conocer, en un debate, las explicaciones de un profesional preparado como Meade, sus propuestas para hacer de México una potencia y de impulsar un desarrollo con paz y certezas.

Y su idea de garantizar un gobierno a la medida de cada quien, para que quien tenga como prioridad estudiar, cuente con una beca; poner un negocio, respaldo financiero; moverse, apoyo en transporte… en la idea de que todos somos iguales, pero necesitamos cosas diferentes.

Es cierto que todos los candidatos y candidatas en México plantean casi lo mismo. Por eso es que los debates son básicos: hacen aflorar las limitaciones y los talentos de los participantes, el temple, la capacidad ante la crítica, la intolerancia, la habilidad profesional, la incultura.

Porque el futuro del país estará embargado por la insuficiencia, mientras el posicionamiento de los candidatos entre los electores dependa de las ocurrencias que expresen a la prensa en declaraciones de banqueta: es como un boxeador que gana el título haciendo sólo rounds de sombra.

O como volver a las épocas del cacique Gonzalo N. Santos y sus chistoretes de pacotilla, como que “la moral es un árbol que da moras” y “ladrón que roba a bandido, merece ser ascendido”.
Vamos: lo que diga el dedito.