¿PARA QUÉ SIRVE EL PRESIDENTE?

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Cuando vemos la actitud titubeante de un régimen, cuando vemos un gobierno que avanza a tontas y a locas sin rumbo definido y nos percatamos que el estilo que caracteriza a quien lo encabeza es una contradicción sempiterna, es inevitable preguntarse: ¿Para qué sirve el presidente?

Y es que por definición, el presidente de la República es el jefe de las instituciones nacionales, la cara que personifica su administración, el responsable, para bien o para mal, de la toma de decisiones, que afectan o benefician a los habitantes de un país en particular.

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Lo anterior, aplica, claro, cuando la nación en cuestión, cuenta con un gobierno que plantea políticas claras, que cuenta con objetivos definidos, que sabe que metas aspira alcanzar, que posee indicadores que le van haciendo notar si se acerca o se aleja del destino que a través de una adecuada planeación se ha fijado.

Pero eso solo sucede cuando ese régimen tiene un verdadero líder al frente y cuando ese dirigente tiene el talento para saber integrar un gabinete conformado por los mejores elementos escogidos para cada puesto.

Cuando sucede lo contrario, cuando se tiene a un inepto al frente de la administración pública y ese incapaz elige a sus cuates o a puros elementos caracterizados por su mediocridad, abyección y servilismo, cuando no hay planeación, cuando no hay capacidad profesional para fijarse metas definidas, eligiendo el método o camino idóneo para alcanzarlas, el gobierno da bandazos, navega en círculos, es incapaz de obtener logros y es cuando sobreviene el desencanto y con él, la frustración y los malos resultados, que pueden advertirse a corto, mediano o largo plazo.

¿Cómo considera usted, apreciado lector, un gobierno que anuncia que sobrevendrán cortes de energía eléctrica en diversos puntos del territorio nacional?

¿Cómo cataloga un régimen que no solo frena sus principales obras de infraestructura, sino que promueve proyectos realizados sin los estudios suficientes, pidiéndonos confianza en ellos, como si se tratara de un dogma de fe?

¿Cómo considera usted una administración que dice combatir el embute, pero convoca cotidianamente a una prensa sumisa para denostar a todas aquellas personas o agrupaciones que no compartan su visión?

¿Cómo podría tildar a un presidente que contradice sistemáticamente las afirmaciones de su gabinete en temas de toda clase, para intentar corregir a marchas forzadas, los resultados del análisis deficiente y las malas estrategias?

¿Qué podría usted decir de una administración obstinada en enfrentar a los habitantes de un país, en generar un clima de confrontación, en atizar el rencor social, solo por mantener su clientela política?

¿Cómo designar una administración que ni siquiera es capaz de nombrar a las personas que se convertirán en sus brazos y manos para conseguir sus planes a lo largo y ancho del país?

Pero lo peor de todo es cuestionarse si hay planes o todo de manera irresponsable se ha dejado al azar y a la improvisación. Porque a varios meses de haber accedido al poder, no se ve rumbo. Nadie sabe a dónde vamos. Estamos sujetos a la voluntad y peor, a los caprichos, de un personaje que no se distingue por su prudencia, que carece de sentido común, que no posee sensibilidad, que no tiene tacto y, para ponerle la cereza al pastel, que no se distingue por sus luces y capacidades intelectuales.

Y si el personaje de marras no es capaz de marcar un rumbo, de imponer disciplina, de moderar los factores del poder, de equilibrar intereses, de procurar el bienestar para sus gobernados, de encarnar los paradigmas de honestidad y de justicia, cabe preguntarse: ¿Para qué sirve?

Usted es quien tiene la mejor respuesta; y, sobre todo, la capacidad para hacerla valer y sentir en las urnas. Nunca lo olvide.

Dios, Patria y Libertad